sábado, 9 de septiembre de 2006

Fría Tarde

El frío inminente y el suave viento hacían soltar algunas hojas del pequeño ciruelo. Era la propia lluvia quien más celos desechaba.

Sentí pasos tras de mí, mas sólo era el ruído de mis propios piés al tocar brúscamente el pasillo de mi destino.

Cada minuto se hacía testigo de mi andar, pero no así de mis hechos.

Mi propia intuición me nombraba como un fantasma, un pequeña alma en pena, sólo que no lograba hacerse notar en los mortales. La soledad de mi senda llegaría a su fin tan sólo en varias horas más. La esperaba con ansias.

Poco a poco comenzaba a llenarse el lugar, y el sonido ya camino a absorverse en los cuerpos de aquellos los vivos.

El fuerte pero sutil viento ahora, continuaba liberando las pequeñas hojas Blanco-Rosas del esmirriado árbol de ciruelas.

El lugar se tornaba desastrozo.

Ruído mundano, competencia arrítmica de grupos humanos, comunicación exasperada e impotentes miradas hacia mí.