martes, 12 de junio de 2012

Envuelto en violines


Se acercaba raudamente la hora y cada minuto me impacientaba mucho más. Mi corazón salía por mi garganta.

Necesitaba verte, necesitaba sentir tus ojos mirándome, contemplándome como ninguna otra. Necesitaba de tu voz, de tus susurros de complicidad... de tu silencio. Había tanto que contar, tanto que decir, necesitaba saber qué te aqueja, y qué entorpece tu descanso, qué te distrae de lo cotidiano y qué te trae a ello.

Se nos venía encima el tiempo, tan vertiginoso como el crecer del amor.

Ya se hacía tarde y mi silencio no podía esperar más, sólo quería estar contigo. Sólo quería compartir contigo el instante en que podía respirar, el instante en que el corazón late, para que la vida recorra el cuerpo, le de tacto a mis manos y visión a mis ojos que lo único bello que tienen es un pequeño destello del brillo de los tuyos. Este día brillaban mucho más.

Mis intenciones si bien no eran claras, eran voluntarias de improvisar. El silencio marchito me había hecho calcular muy bien mi actuar y no esperaban nada a cambio más que me dijeras cuanto quisieras decirme, pero que por fin escapara de ti. Que tus inquietudes fuesen mías, tu silencio esboza magulladuras en mi alma.

Pero todo fue un trámite...

Llegada la hora, por fin te vi. Hermosa como siempre pero, si hubieses sido como la Luna... estabas asomándote radiante tras un espectacular eclipse. Tras ese corte de cabello eras más bella que en mis recuerdos. Pero todo pasó tan rápido...

No hubo espacio al diálogo, sólo abocarnos a lo que programamos hacer. Tan frío y distante... dos gotas de lluvia en el océano. Pero intenté buscarte, entre más aleteaba en el mar, más agua dispersaba.

Terminamos de configurar... era la hora de partir. No titubeaste en querer salir rápido, te esperé unos segundos mirándote desde abajo... te veías tan grande, tan hermosa. Como siempre te he visto, algo más que Yo, lo único bueno de mi... eres tú.

Camino a tu destino no valía la pena decir palabras... el frío se las llevaría como el calor que roba del aliento.
Sólo guardé un silencio agobiante, transgresor. No quisiste ser lo suficientemente persuasiva al preguntarme qué sucedía. No quise ser tan débil, quería ver tu preocupación...

Lo demás fue más triste, no supe cómo llegué a casa... ahora intento dormir, envuelto en violines.

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